miércoles, 18 de junio de 2014

12. MEDINA DE RIOSECO

12. MEDINA DE RIOSECO

  La ciudad de los Almirantes de Castilla. Historia de Medina de Rioseco. Moclín. Un  paseo por la ciudad. La Rua Mayor. La igl­esia de Santa María. Otras iglesias y conventos. Juan de Juni. La muralla y sus puertas. El Parque. El ferrocarril de Valladolid. Salida de Medina de Rioseco.


El viajero entra en Medina de Rioseco por la calle Garrido Capa y por la avenida de Juan Carlos I, que en otro tiempo fue avenida de Primo de Rivera, entre las modernas terrazas de los bares, la Estación de autobuses y la Plaza de Toros. Busca un lugar donde dormir, cerca de la Plaza de Santo Domingo, en la zona centro de la ciudad. Des­pués de asearse y cambiarse de ropa se da un paseo por la ciu­dad de los Almirantes de Casti­lla, que hoy ha perdi­do su anti­guo es­plendor.


Los reyes castellano-leoneses concedieron fueros y privilegios a la villa en la Alta Edad Media. En ella contendiéron Pedro el Cruel y Enrique de Trastámara y en el año 1421 Juan II se la cedió al Almirante de Castilla, Alfonso Enrí­qu­ez, descendiente indirecto de Alfonso XI y de Leonor de Guz­mán. En la Guerra de las Comunidades estuvo del lado del Empe­rador, y después de Villalar heredó la importancia de Medina del Campo, y comenzó su época opulenta. Carlos V compensó ge­nerosamente los "siete millones y medio de maravedises" que costó a los Almirantes la defensa ante el ataque de los comu­ne­ros. Se la empezó a llamar la India Chica por las ri­quezas que atesoró, y por su relevan­cia artística y comercial.


De este tiempo son la mayoría de sus iglesias y conventos, y el castillo-palacio de los Enríquez, del que so­la­mente quedan recuerdos y algunas ruinas en la zona más alta de la localidad. Felipe IV le concedió el título de ciudad. En el siglo XVIII se inició una paulatina, pero continuada, decaden­cia económica, y una disminución de la población, que quizá empezó con la peste de 1507, de la que no se recupe­ró nunca de forma suficiente.




Peor que la peste fue la invasión de los franceses después de la batalla de Moclín. El mariscal Bessières venció a un ejército anglo-español en las proximida­des de Medina de Rioseco, y sus soldados asaltaron posteriormente la ciudad y los domici­lios particulares de sus habitantes, y bañaron en sangre las ca­lles de la localidad. En el siglo XIX, los procesos desamortizadores le afe­ctaron menos que a otras ciudades de Castilla. El incipiente auge comercial, la agricultura ce­realista y los imprescindi­bles servicios comarcales fueron las características económicas en ese momento de este enclave geo­gráfico de la Tierra de Campos vallisoletana.





Por la Rua Mayor, llamada ahora calle de Lázaro Alonso, entre soportales y pequeñas tiendas, el viajero entra en el corazón de la ciudad antigua. En la calle y plaza de Santa María está la iglesia del mismo nombre, que tiene una hermosa torre barroca y la fachada y el interior gótico-renacentistas. Una boda llena la iglesia y sus aledaños de gentes muy atilda­das. Resulta muy dificil entrar en el interior del templo, a pasar de que están fuera la mayoría de los invitados.


El caminante busca al cura párroco, que está en la sacristía desvistiéndose de las ropas litúrgicas usadas duran­te la ceremonia. Consigue que le selle la credencial del Cami­no de Santiago, cuando el cura se ha despedido de los invitados más conoci­dos y persistentes en la conversación. Según se vacía la iglesia se acerca a la capilla de los Benavente. Eu­genio D'Ors ha escrito de ella que es la "Capilla Sixtina de Castilla". Admira su recargada ornamentación, el retablo rena­centista de Esteban Jordán y las esculturas de Juan de Juni. No puede ver la gran custodia de plata, cincelada por Antonio de Arfe, porque está ya cerrado el museo eclesial, donde se encuentra guardada. 




A la salida de la iglesia de Santa María de Mediavilla, por la calle del Royo Angosto, vuelve a la Rua Mayor, por la esquina de la iglesia de la Santa Cruz. Este templo es de estilo herreriano, y está amenazado de ruinas, aunque en pro­ceso de reconstrucción, según anuncian los carteles junto a su fachada. Sin embargo las obras están paradas en estos meses de verano y se puede suponer que transcurren en forma sosegada. En el interior de la iglesia hay un Cristo de la Paz, del si­glo XVI, posiblemente realizado por Gregorio Fernández, o al­gún escultor de su escuela, y un famoso frontal de plata, del siglo XVII, que es una gran obra de orfebrería.


Un poco más adelante aparece la Plaza Mayor, un es­pacio abierto donde confluyen diversas calles del centro de la ciudad, sin perder sus típicos soportales, que continúan por toda la plaza. En el escaparate de una panadería puede verse  el pan de anís de la Semana Santa riosecana, que ahora se hace durante todo el año, con sus afiligranadas formas, para consumo de los turistas. Enfrente de la tahona está el moderno Ayu­ntamiento, construido en 1973, con su fachada de ladrillo, y sus escudos, arcadas y soportales. En esta plaza, desde uno de sus rincones, Miguel de Unamuno, en cualquiera de sus innume­rables viajes a la ciudad, contemplaba la vida de los ciudada­nos de aquellos años veinte.




Junto a la Plaza Mayor, en la Plaza de la Constitución se encuentra el convento de San Francisco, en la zona de la ciudad en que fueron influyentes los gremios medievales. La Orden franciscana tuvo una gran importancia en Medina de Rio­seco, y muestra de ello es la magnificencia de su templo, con rica imaginería de Juan de Juni, Jerónimo del Corral y Cristo­bal Andino. Destaca el retablo barroco, en piedra y las bóve­das del crucero, en las que están grabadas sobre las pechinas de la cúpula los escudos de armas de los Almirantes de Casti­lla.




La larga y estrecha calle de los Lienzos llega hasta la iglesia de Santiago, que está en una plaza desierta a esta hora crepuscular. Tiene dos portadas, una gótica que diseño Gil de Hontañón, y otra plateresca. Su interior, de tres naves, es gótico-renacentista, con bóvedas barrocas realizadas por Felipe Berrojo. Las imágenes de la iglesia de Santiago son las más patéticas de Medina de Rioseco. Entre ellas merecen citarse la Dolorosa de Juan de Juni, el Cristo de Becerra y el Nazareno de Gregorio Fernández. El retablo central es obra de Joaquín de Churriguera, con relieves y tallas de Tomás de Sierra.


Juan de Juni vivió y tuvo su taller en Medina de Rioseco, junto a la muralla de la ciudad, durante los muchos años que trabajó para los Almirantes y para las diversas iglesias de la ciudad. Cuando estaba esculpiendo la capilla de los Benavente enfermó y no pudo continuar su obra, por lo que fue denunciado por los ecle­siásticos de Santa María por la respon­sabilidad de no terminar el conjunto escultórico. Murió poste­riormente en Valladolid y los jueces precintaron su taller, donde no encontraron más que las humildes ropas y los utensi­lios de su trabajo artesanal. Fama y riqueza no iban unidas en nuestros más grandes artistas del barroco.


Además de estas iglesias y del convento de San Francisco, en Medina de Rioseco está el convento de San José y el convento de Santa Clara. El convento de San José, de las car­melitas descalzas, es de esti­lo herreriano, y está situado donde se separan las carreteras de Toro y de León. El convento de Santa Clara está en la salida de la carretera de Valladolid, junto al río Sequillo. El viajero no se acerca a verlos porque ya es noche cerrada y después del artístico paseo nece­sita una buena cena en alguno de los mesones que hay en la zona de las antiguas murallas. Después de un abundante plato de carne y un queso tierno de oveja, además del pan blanco de la tierra, aún le quedan ganas de ver las puertas de la mura­lla.




La puerta de Ajujar está situada en la plaza del mismo nombre, junto a la calle del Candil, muy cerca del río Sequillo. Tiene un arco sólido, de piedra y ladrillo, ligeramente ojival. A través del arco puede verse la estrecha calle de los Cueros, y al fondo la iluminada torre de la iglesia de Santa María. La Puerta de Zamora, cerca de la carretera de Toro, en las proximidades del antiguo castillo de los Almiran­tes, se conoce también como Puerta de las Nieves, porque por ella se va a esta ermita, que está emplazada en el altozano de la Mota, donde estuvo el cas­tillo.


El viajero vuelve por las calles del centro que con­fluyen en la Rua Mayor. Después de tomar un refresco cerca de la la Plaza de Santo Domingo, porque aún hace mucho calor, se retira a dormir en el hostal. A la mañana siguiente, después del desayuno y de las compras de algunas provisiones para  adentrarse en Tierra de Campos, da otra vuelta por la ciu­dad, ahora con un sol que empieza a calentar y pone sombras a las calles y a los edificios de Medina de Rioseco.


Pasa de nuevo por la plaza de San Miguel y se ace­rca otra vez a la iglesia de Santiago. Sus fachadas lucen más, aho­ra a la luz del día. Llega hasta la ribera del río Sequi­llo, con sus arboledas verdes y ama­ri­llas, reflejandose en el agua. En el Parque del Duque de Osuna, donde estuvieron los jardines del palacio de los Almi­rantes, observa las acacias, el boj y las flores de los parte­rres, junto a unas columnas con capite­les, restos de alguna construcción más antigua. El Parque se rehizo e inauguró en 1858 y se modernizó du­rante el último siglo con nuevos pavi­mentos y esculturas, además del templete de la música, donde tocaba los domingos la Banda Mu­nicipal. El Parque tuvo mucha importancia en la vida de la ciudad en los pasados años.




Cerca del Parque estaba la Estación del ferrocarril a Valladolid y a Villalar, el ferrocarril de Tierra de Campos, que le llamaban entraña­blemente "el tren burra". Una máquina y un vagón de madera, los últimos que circularon, están coloca­dos junto a la calle Garrido Capa, para recuerdo de los veci­nos de la ciudad y de los visitantes, del pasado ferroviario de la ciudad, que no ha tenido proyección de futu­ro. El Ferro­carril de Castilla, que ese era su nombre oficial, dejó de existir en 1969, ante las dificultades de moderniza­ción y las penurias económicas de la compañía propietaria, aunque se in­tentó que perdurara cediéndoselo a la Red de Ferrocarriles de Vía Estrecha (FEVE) en 1965.
 

Por la avenida de Juan Carlos I el caminante vuelve a la Plaza de Santo Domingo, y de nuevo con su mochila al hom­bro enfila la calle de San Juan, por donde se ha hecho el en­sanche moderno de la ciudad. Al llegar a la avenida de Ruiz de Alda y al Camino del Cortijo descubre otra zona arbolada. Allí está la Darsena y el final del Canal de Castilla. Este canal se empezó a construir en el año 1753, y el tramo de Tierra de Campos, desde Bece­rril de Campos y Paredes de Nava, en las  las proximidades del río Carrión, hasta Medi­na de Rioseco, se concluyó en 1849. Se ha uti­lizado para el riego de la tierra y en la navegación de barcazas para transporte de mercan­cías. El viajero se sienta un rato junto al Canal de Castilla contem­plando las ramas de los árbo­les, que casi tocan la superficie del agua, antes de seguir camino por las llanuras de Tierra de Campos.








lunes, 16 de junio de 2014

BIBLIOGRAFIA Y ALBERGUES DE LOS TOROZOS

MONTES TOROZOS Y ALREDEDORES

- Los Montes de Torozos: aproximaciones a una comarca. Antonio Corral Castañedo. Ediciones Caja España. Valladolid. 1999.

- Historia de la villa de Zaratán. Marcelino Gutiérrez del Caño. Ediciones del Instituto Cultural Simancas. Valladolid. 1982.

- Valores normales y estadísticas de estaciones principales: Observatorio Meteorológico de Valladolid. Aeropuerto de Villanubla. Carlos Almarza Mata. Centro de Publicaciones del Ministe­rio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente. Madrid. 1995-1998.

- Historia, arte y tradiciones de Wamba. Francisco Javier González Muelas. Ayuntamiento de Wamba. 1996.

- Santa María de Wamba y la ruta medieval torozana. Francisco Javier Gonzalez Muelas. Valladolid. 1998.

- Orden de 13 de Septiembre de 1954 por la que se aprueban los    coeficientes para las compensaciones de tierra en Peñaflor de Hornija (Valladolid), a que se refiere el último párrafo del artículo cuarto de la ley de 20 de diciembre de 1952.  Gráficas E.Casado. Madrid. 1954.

- El Monasterio de la Santa Espina. Ediciones Sucesores de Ribadeneyra. Madrid. 1894.

- Monasterio de la Santa Espina, Valladolid. Jorge Albino y Ponciano Ortega. Ediciones de la Junta de Castilla y León.  Valladolid. 1989.

- Retazos de Torozos. Pablo Rodríguez (Blas Pajarero). Ediciones Fuente de la Fama. Valladolid. 2002.






- Un rincón de Castilla: reseña histórica del Real Monasterio de Santa María de la Espina y descripción de la fundación  "Escuelas Primarias y de Agricultura con Asilo de Huérfanos". Antolín Gutiérrez Cuñado. Imprenta Iberica, Madrid. 1913.

ALBERGUES (provincia Valladolid):

- Alcazarén: Albergue municipal 

- Puente Duero: Albergue municipal (Asociacion Jacobea Vallisoletana)






















- Valladolid: Residencia del colegio San Viator (acogimiento a grupos)

- Ciguñuela: Albergue municipal "Casa del Maestro" 
                               
- Wamba: Acogida municipal (sin determinar).

- Peñaflor de Hornija: Albergue municipal en antigua Casa del Párroco.

- La Santa Espina: Acogida elemental (sin determinar).

- Castromonte: Albergue municipal en las antiguas escuelas.

- Valverde de Campos: Acogida municipal (sin determinar).

- Medina de Rioseco: Albergue en convento de Santa Clara (HH.Clarisas)


 





sábado, 14 de junio de 2014

LOS REYES GODOS Y LOS MONTES TOROZOS

Los reyes godos Recesvinto y Wamba estuvieron enterrados en el Monasterio de Santa María de Wamba, en el corazón de los montes Torozos hasta que Alfonso X los trasladó a Toledo. La leyenda cuenta que entre los reyes godos era costumbre que se celebrase la elección y el nombramiento del nuevo rey allí donde muriera el anterior. Ello ocurrió en la sucesión de Recesvinto por el nuevo rey Wamba.





Recesvinto fue enterrado en la Iglesia de Santa María, en uno de los sarcófagos que todavía se conserva, en el año 672 en la población llamada entonces “Gerticós”, nombre que fue cambiado por Wamba, en honor del nuevo rey. 



Recesvinto habia creado, junto con su padre y antecesor Chindasvinto, un cuerpo de leyes común para los dos pueblos del reino, los hispanorromanos y los visigodos: el “Liber Iudiciorum”, llamado también Código de Recesvinto.


Durante su reinado se reinició la política antijudía de varios de sus antecesores, que había sido suspendida por Chindasvinto. Decretó que todos los los judíos, que profesaran su fe, serían desterrados del reino. Ningún  judío bautizado podría abandonar la fe cristiana ni celebrar las festividades del “Sabatt”, ni de la Pascua judía.


No podían tampoco respetar sus restricciones alimenticias ni testificar contra los cristianos. La pena por el incumplimiento de estas leyes era la hoguera o la lapidación.


En el comienzo de su reinado hubo una revuelta protagonizada por los vascones, que asolaron las tierras del valle del Ebro y sitiaron la ciudad de Zaragoza. Recesvinto reaccionó rompiendo el asedio y dando muerte a los caudillos de la revuelta. 


Estas rebeliones continuaron durante el reinado de Wamba.  Al mismo tiempo volvieron a alzarse los vascones y la ciudad de Nimes, en la Septimania. Wamba organizó dos ejércitos, uno a sus órdenes contra los vascones y otro al mando del duque Paulo contra los rebeldes septimanos. 


Paulo marchó a Zaragoza y luego a Narbona. Allí decidió enfrentarse a Wamba.  Se le unieron el “dux”  de  la Tarraconense,  Ranosindo, y otros rebeldes y le proclamaron rey.




Paulo y los suyos buscaban la secesión de  la Septimania  y la Tarraconense para constituir un nuevo reino. Este hecho no tenía precedentes en la historia visigoda, porque el reino era patrimonio del pueblo, no patrimonio personal del rey.  Wamba interrumpió la campaña contra los vascones y derrotó completamente a los septimanos y tarraconenses.


Reino visigodo

En el año 673 Wamba proclamó una ley que imponía el servicio de armas a todos los súbditos del reino. En su preámbulo lamentaba los males que había causado la inasistencia militar de parte de la población

Los visigodos se habían transformado de un pueblo belicoso y guerrero en un pueblo en el que la nobleza era pacífica y terrateniente. Los visigodos ahora se ocupaban de la agricultura y no del servicio de armas.

Pasadas las primeras tribulaciones, el reinado de Wamba fue bastante tranquilo. En el año 680 cayó enfermo y pidió recibir la tonsura eclesiástica y los santos óleos. Pero en vez de morirse, Wamba sanó, para llevarse la sorpresa de que al ser ahora un eclesiástico, según mandaban sus leyes, ya no podía ser rey.





Wamba

Se reunió la asamblea de nobles, que proclamó rey a Ervigio, y se convocó el XII Concilio de Toledo en el año 681 con el fin de legalizar la sucesión. El concilio ratificó la legalidad de la ordenación de Wamba y la posterior elección de Ervigio. Se suavizó la ley militar de Wamba, que había tenido grandes dificultades de aplicación y se consideró la preeminencia del obispo metropolitano de Toledo sobre todos los demás obispos del reino. 


Wamba pasó los últimos años de su vida en un convento. En 1845 los restos mortales de Recesvinto y Wamba fueron introducidos en una arqueta de madera forrada de terciopelo rojo y trasladados a la Catedral de Toledo, donde fueron depositados en el salón principal de la sacristía de la Catedral, lugar en el que permanecen actualmente.






jueves, 12 de junio de 2014

11. MONTES TOROZOS


Salida de Valladolid. Zaratán. Hacia Wamba. Ciguñuela. El Aeropuerto de Valladolid. Villanubla. Wamba. Los re­yes visigo­dos. El Monasterio de Santa María de Wamba. Peña­flor de Horni­ja. El Monas­terio de la Santa Espina. Castromon­te. La Mudarra. Val­verde de Campos. Llegada a Me­dina de Rioseco.


El viajero, desde la Estación de autobuses, se acerca al Paseo de Zorrilla, donde desayuna, en una cafetería, unos bollos típicos de la ciudad, que no ha visto en ningún otro sitio. Busca una iglesia, en el mismo Paseo, para sellar la credencial del Camino de Santiago. Encuentra una enseguida, y continúa por el Puente García Morato hacia la carrete­ra de León, cruzando el río Pisuerga. A primera hora de la mañana unos piraguistas recorren tranquilamente el río hacia el Puente Colgante, más al sur del puente por donde ha pasado el pe­regrino.








Rio Pisuerga


Después de cruzar el río se entra en el Barrio de la Huerta del Rey, que fue en otro tiempo zona de recreo de la corte de Felipe III. Nuevos edificios ocupan ahora este lugar, a ambos lados de la carretera, hasta la avenida de Salamanca. Más adelante se llega a una rotonda, donde terminan las casas. Unos carteles indican la Feria de Muestras en un desvío hacia la derecha. En un altozano próximo se ve el Barrio Girón, con vivien­das más humildes, ya en el extremo noroeste de la ciu­dad. Ha­cia el sur hay una zona deportiva en la que destaca el Estadio Zorri­lla, campo de juego del Real Valladolid.


Los bordes de la carretera aún están urbanizados, y tienen paseos peatonales a cada lado de las dos calzadas. An­tes de llegar a la autovía de circunvalación se pasa otra ro­tonda con un desvío a la derecha que indica dirección a León. Otra carretera, hacia el frente, se dirige a Zaratán, cruzando por debajo de la autovía. Nada más pasar la au­to­vía se llega a las primeras casas del pueblo. Unos talle­res mecá­nicos están al borde de la ca­rretera.


Zaratán es una pequeña villa que perteneció a los Templarios en la época medieval y tuvo un recinto amurallado que no se conserva. Pedro I el Cruel estuvo en el pueblo an­tes de la batalla de Montiel, donde perdió la vida y la co­rona a manos de su hermano Enrique de Trastámara. En tiempos de los Reyes Católicos floreció económicamente la "aljama" judía de Zaratán. Los comuneros pasaron por aquí con un ejér­cito de siete mil hombres camino de Torrelobatón, villa del Almirante Enríquez, que apoyaba al Emperador.


Entra en Zaratán por donde estaban las "eras" de este pueblo agrícola y ganadero, cuya pequeña indus­tria pana­dera abasteció durante muchos años a la capital. Hace uno de los días más calurosos del verano, y recorre sus calles estre­chas y mal empedradas buscando un bar donde saciar la sed. Encuentra uno junto a la plaza en la que hay una fuente y va­rios coches aparcados. Frente al bar está el Ayuntamiento de la localidad. Zaratán tiene alcalde ordinario desde la época de Carlos IV, en 1789. Anteriormente dependía de la abadesa del Monasterio de las Huelgas, de Valladolid, con el que tu­vieron los vecinos innumerables pleitos durante toda la Edad Moderna.





Iglesia de Zaratán


La iglesia parroquial, en la zona más alta del pueblo, está dedicada a San Pedro Apóstol. Cuando llega a sus proximidades observa que tiene una fachada de mampostería y piedra de sillería, con un arco truncado en la puerta princi­pal. En el interior se pueden ver bóvedas góticas y motivos ornamentales de transición al estilo renacentista. Junto a la iglesia hay un claustro con columnas de aspecto dórico, aunque de moderna construcción. En el pueblo hay también una ermita a Santa María de la Cruz, que fue edificada por los Templarios.


Desde las últimas casas de Zaratán, por la carretera de Wamba, el viajero recorre las estribaciones de los Montes Torozos y los altos páramos calizos que los rodean por el lado sur. Durante la Edad Media este espacio geográfico constituyó una ruta muy transitada desde las tierras de León a la zona norte de la Sierra de Guadarrama. La calzada romana que llega­ba a Simancas desde Segovia continuaba por el término munici­pal de Wamba hacia el norte.


El caminante pasa por el cruce de Ciguñuela una hora después de haber salido de Zaratán. El pueblo está situado a dos kilómetros de la carretera de Wamba. Ciguñuela está en el centro de una hondonada, entre los campos de cereal, de los que solamente sobresale en el horizonte la torre de la igl­e­sia, dedicada a San Ginés. Es un templo reedificado en 1754, sobre otro anterior del siglo XVI. La iglesia tiene en su in­te­rior una sola nave con crucero y conserva un cruci­fijo de ma­dera policromada del siglo XV.


Torre de Ciguñuela

La gran altura de la torre, que permitía divisar toda la ex­tensión de los Montes Torozos, sir­vió para enviar señales con hogueras entre los castillos de Simancas, Villanubla y Peña­flor de Hornija. Por Ciguñuela pasaba una cañada de la Mesta, que unía la provincia de León y la de Segovia. Todavía se ven ovejas por esta zona, y pocas ci­gue­ñas, a pesar del nombre del pueblo, según los más viejos del lugar.

La carretera de León, desde Zaratán, inicia una cre­ciente subida hasta la alta paramera de Villanubla. Allí esta el Aeropuerto de Valladolid. La pista de aterrizaje cruza la antigua carretera de Medina de Rioseco, por lo que el Aero­pue­rto tiene que rodearse por la derecha o por el núcleo urba­no de Villanubla, en la carretera de Wamba. Junto al desvío de Villanubla sale otra carretera a Fuensaldaña, donde ac­tual­men­te se encuentran las Cortes de Castilla y León.


Aeropuerto de Villanubla
En Villanubla hay una Base militar y un Observatorio Meteorológico, que mide las características climáticas de la zona. Desde las mismas instalaciones del Aeropuerto se miden temperaturas, humedades relativas y velocidades del viento, entre otras variables físicas. Villanubla es un pueblo blanco, que en otro tiempo se llamó Fuentes Claras. Su nombre actual hace honor a los días nubosos del invierno sobre el páramo va­llisoletano.


Por la localidad pasa el arroyo Hontenija, en el que sie­mpre ha habido molinos de cereales, muy conocidos en la comar­ca. Aquí nació el cardenal primado de Toledo Marcelo Gon­zález. Todavía se conserva la antigua Casa de la Inquisición, de la que se cuenta, que el zaguán estaba empedrado con huesos huma­nos. Por encima de las casas del pueblo no dejan de pasar los aviones con un ruido ensordecedor. Es muy famosa en Villanubla la Cofradía del Cristo del Consuelo, que llaman "El C­ris­tín", y el baile del "paloteo", que desde hace mucho tiempo alegró todos los acontecimientos festivos del pueblo.



Wamba

El viajero se acerca a Wamba, en el corazón de los Montes Torozos, posiblemente la antigua "Gerticos", que cambió de nombre al morir el rey godo Recesvinto, en honor al nuevo rey, que debía ser oriundo de la zona. La primera constancia documental de la localidad es del año 928, en el reinado del rey leonés Fruela II. En el siglo X se construyó el Monasterio de Santa María de Wamba, y lo habitaron monjes mozárabes emi­grados de territorios del Califato cordobés. En el "Cartulario de Sahagún" se cita al abad Nuño como responsable del cenobio en el año 945.


Desde 1184 rigió el monasterio la Orden Hos­pitala­ria de San Juan, que favoreció su desarrollo cultural y artís­tico. Desde el año 1350 el lugar perteneció al Infantazgo de Valla­dolid. Durante la revuelta de las Comunidades las tropas impe­ria­les aca­mparon en las proximidades de Wamba algunos días antes de la batalla de Vi­llalar, hostigando a los bastiones comune­ros de Torrelo­batón y Fuensaldaña.


El Monasterio de Santa María, junto a la Plaza Mayor de la villa, es un conjunto arquitectónico declarado Monumento Nacional Histórico-Artístico en 1931. Es una construcción que mezcla el estilo inicial mozárabe del siglo X con el románico tardío del siglo XIII. La iglesia tiene planta de cruz latina, de tres naves, con tramos separados por pilares, arcos apunta­dos y techumbre de madera a dos aguas. El espacio mozárabe, con arcos de herradura, se conserva en la cabecera, el crucero y el muro izquierdo. En el interior se albergan nichos funera­rios de la familia de Andrés del Arroyo, beneficiario de la Inquisición, una cruz mozárabe en piedra, cálices y custodias.


Junto al claustro del monasterio y el palacio de la Orden Hospitalaria se conserva el sepulcro del rey godo Reces­vinto, en piedra caliza, y el osario humano, procedente del ritual funerario de la Orden de San Juan. Además de la iglesia de Santa María existían en la localidad varias ermitas: la del Salvador y la de Doña Urraca, ya desaparecidas, y la ermita del Humilladero y la de la Encina, todavía en buen estado.


Por las últimas callejas del pueblo, que ha perdido toda su grandeza antigua, unas mujeres enluta­das cosen en si­lencio a la puerta de sus casas. En un bar se dan cita algunos hombres del lugar en la interminable partida de cartas de la tarde. Por la Ronda de Don Victorino toma la carretera de Peñaflor de Hornija, pasando por la ermita de Nuestra Señora de la Encina, que una leyenda popular asocia a la aparición de la Virgen a un pastor wambeño del siglo XVII.


Peñaflor de Hornija

Hasta Peñaflor de Hornija hay nueve kilómetros, que le van pesando al caminante a esta hora de la tarde, con un sol que todavía calienta sobre su cabeza. Las casas de Peña­flor están colgadas sobre el valle del río Hornija, y sobre ellas la iglesia parroquial dedicada a Santa María. Peñaflor es una pequeña localidad torozana agrícola y ganadera. La Con­centración Parcelaria modernizó y amplió las unidades agrarias de Peñaflor de Hornija desde 1954. Una Orden ministerial de ese año 1 estableció los coeficientes de compensación de las tierras de cereal, huerta y erial de la localidad. Desde en­tonces hay más tractores en sus caminos y en sus tierras, ade­más de rebaños de ovejas y de mulos de labor.


El viajero iba a visitar el Monasterio de la Santa Espina, pero está la tarde avanzada y quiere llegar hasta Me­dina de Rioseco antes del anochecer. El Monasterio de Santa María de la Espina está situado junto al río Bajoz, unos kiló­me­tros al oeste de Peñaflor de Hornija, en un verde valle, que contrasta con los campos secos de la meseta castellana. El Monasterio se fundó en 1147 por Doña Sancha, hermana de Alfon­so VII, y fue ocupado por monjes cistercienses. En el año 1559 Felipe II conoció aquí a su hermanastro Don Juan de Austria, que había pasado su infancia en Villagarcía de Campos, locali­dad próxima, con la familia Quijada, mayordomos del Emperador. La iglesia inicial es del siglo XII, rehecha en los siglos XV y XVI. El Monasterio fue abandonado después de la desamor­tiza­ción de Mendizabal y ha sido restaurado en 1960.


Al salir de Peñaflor por el lado norte del pueblo se cruza el río Hornija y se continúa siguiendo las flechas ama­rillas por un camino que conduce a Castromonte a través del Mon­te de San Lorenzo. Castromonte es una localidad de unos qui­nientos habitantes, que fue un castro romano y una villa for­tificada en la Edad Media. Tiene una iglesia dedicada a la Purísima Concepción, de tres naves con bóvedas de crucería. La torre, construida en el siglo XVI, tiene una cúpula barroca. En el interior hay un Retablo Mayor con una imagen del Calva­rio y otra de la Concepción. En el pueblo hubo fábricas de cestería y telares de lienzo. Pablo Rodríguez, apodado "Blas Pajarero", natural de la localidad publicó un libro sobre la comarca, llamado "Retazos de Torozos", en el que describe la vida y costumbres de estas tierras.


Monasterio de la Santa Espina

Cerca de Castromonte, en la carretera de Valladolid a Medina de Rioseco está La Mudarra. En este pueblo hay un centro penitenciario y una central eléctrica de alta tensión. Torretas y cables llenan el horizonte, y cuando se pasa por debajo de ellos se llegan a sentir los enormes campos magnéti­cos que se generan al paso de la corriente eléctrica. Se cuen­ta que La Mudarra la fundaron los gallegos que venían a segar a Castilla y que fue un arrabal alejado de Medina de Rioseco.


Buscando la carretera de Valverde el via­je­ro sale de Castromonte. Valverde está en el princi­pio de la Tierra de Campos, comarca que ocupa par­te de las provincias de León, Zamo­ra, Palencia y Vallado­lid. Es un pueblo pequeño, con palo­mares y campos de trigo, al que impide crecer la proximi­dad de Medi­na de Rio­seco. Llega a la plaza, donde está la iglesia, cons­truida en una mezcla de diversos estilos. Tiene una espa­daña con una sola campana.


De Valverde de Campos se sale por la misma carretera que se ha entrado, y puede seguirse el trazado del antiguo ferrocarril de Valladolid a Villalón de Campos, al que se lla­mó "El tren burra", quizá por su poca velocidad. Ahora está desmante­la­do y solamente queda en el recuerdo de algunas gen­tes y en su antiguo camino sin vías. Se pasa por la ladera del cerro Mirabel y del cerro Caballeros, las últimas estribacio­nes, por el norte, de los Montes Torozos, y llega a Medi­na de Rioseco cuando las primeras sombras de la noche hacen su apa­rición sobre la ciudad.