martes, 6 de mayo de 2014

DE CERCEDILLA A SEGOVIA


4. DE CERCEDILLA A SEGOVIA.

Salida de Cercedilla. Camorritos. Subida hasta la pista forestal de "La República". Las Dehesas y el valle de la Fuen­fría. El Puerto de la Fuenfría. Un paraíso serrano. La Sierra segoviana. Camino de Segovia. Entrada en Se­go­via. 


El viajero llega a Cercedilla, acompañado de Teresa, para continuar su camino hasta Segovia por el Puerto de la Fuenfría. El paso de la Sierra de Guadarrama desde la vertien­te madrileña hasta la segoviana es una de las etapas más difí­ciles del camino por el gran desnivel que hay que superar ini­cialmente. Desde el Ayuntamiento suben hacia la iglesia parro­quial de San Sebastián, de transición románico-gótica, del si­glo XIV, con modificacio­nes de la época barroca. Siguiendo las flechas amarillas y las indicaciones de la guía de viaje que lleva el caminante se sigue subiendo por los barrios más altos del pueblo, se cruza la vía del ferrocarril de Cercedilla a los puertos de Navacerrada y Cotos y se continúa por una ca­rretera paralela a la vía del ferrocarril hasta Camo­rritos.                         
      
 Estación de Camorritos

Camorritos es una urbanización de chalets en el co­ra­zón de la Sierra, completamente rodeada de pinares. Está si­tuada a unos tres kilómetros de Cercedilla. La empi­nada ca­rre­tera, en buen estado, permite el acceso hasta las primeras casas de esta localidad. Por la calle Río Guadiana y las colo­nias de "Las Heras" y de "Los Castaños" se sale de Camorritos. A partir de allí es preciso continuar por un sen­dero "canadi­ense", que en continuo ascenso sigue las indica­ciones blancas y rojas del GR-10 en las piedras o en los tron­cos de los árbo­les. Es dificil seguir en la subida a algunos excursionistas serranos bien pertrechados para este senderismo por tierras agrestes y trochas de la alta sierra. Teresa tiene algunas dificultades para subir. Más adelante se llega a una pista asfaltada cons­truida en los años treinta, durante la segunda Republica Espa­ñola, que intentó potenciar, de nuevo, el paso de la Fuen­fría. Esta pista forestal nos llevó por las laderas de la Sie­rra de Guada­rrama en poco más de dos kilómetros hasta el Puer­to.



                                                                   Calzada romana     

                                                                                                                      
La calzada romana de Titulcia a Segovia pasaba por Cercedilla. Quedan restos de esta vía romana identificados por el ingeniero An­to­nio Blázquez en 1911:  una piedra "milia­ria" y varios puentes. La calzada iba desde Cercedilla hasta el Puerto de la Fuenfría casi en linea recta du­rante siete kilómetros, paralelamente al río de la Venta, que más adelante será el río Guadarrama. Cruzaba diversos arroyos y en sus pro­ximidades había una venta llamada de Santa Catalina y una casa forestal. El ejercito de Tariq, durante la conquista musulma­na del reino visigodo en el año 711 atravesó el Puerto de la Fuenfría, volviendo desde Simancas por la calzada romana, to­davía en buen estado durante la época medieval.





El "Libro de la Montería", de la época de Alfon­so XI cita el valle de la Fuenfría. Juan Ruiz en el "Libro del Buen Amor" expresa su deseo de pa­sar por el Puerto de la Fue­n­fría, aunque perdido por los veri­cuetos serranos cruza la Sie­rra por Tablada. Cervantes en "Ri­nconete y Cortadillo" hace a Pedro del Rincón, protagonista de su relato, natural del valle de la Fuenfría. Quevedo, en el "Buscón", indica que en un via­je de Don Pablos por la provin­cia de Madrid hasta Sego­via, pernoctó en la venta de Santa Catalina, entre Cercedilla y el Puerto de la Fuenfría. Mucha importancia debió tener el valle y el paso de la Fuenfría du­rante toda la etapa medieval y la Edad Moderna para aparecer en tan­tas obras literarias.


El itinerario actual más idóneo es utilizar la ca­rretera de Las Dehesas, a través del valle de la Fuenfría. Según se va subiendo entre grandes pinares pueden observarse las montañas que limitan el valle: La Peñota, frente a Cerce­dilla, con 1944 metros de altitud, Peña Aguila, algo más al norte, con 2010 metros de altura, y Cerro Minguete, de 2024 metros. La carretera pasa cerca del "Chalet de Peñalara", de la Real Sociedad de Alpinismo, de la Residencia "Lucas Olaza­bal", de Ingenieros de Montes, y del Sanatorio antitubercu­lo­so de Guadarrama antes de alcanzar los últimos tramos en la pro­vincia de Madrid de la antigua calzada romana. El Puerto o collado de la Fuen­fría, de 1796 metros de altitud, cierra el valle por el norte. Ligeramente a la derecha queda Cerro Ven­toso, de 1950 metros de altura, y más allá las cumbres de Sie­te Picos con sus 2138 metros de altitud.


Los segadores gallegos, que venían a Castilla la Nueva para las labores agrícolas estivales, pasaron por este puerto durante más de ciento cincuenta años. En 1778 se abrió al tránsito rodado el Puerto de Navacerrada para facili­tar el paso de los Reyes al Palacio de verano de La Granja, y quedó postergado el Puerto de la Fuenfría hasta mediados del siglo XX, en que fue reivindicado por numerosos excursionistas aman­tes de la Sierra de Guadarrama.


                                                          Puerto de la Fuenfría

En el Puerto de la Fuenfría paramos un rato para descansar y comer unos bocadillos. Los excursionistas que ha­bíamos encontrado en la subida también reposaban en lo alto del Puerto. Desde la Fuenfría la estrecha carretera se adentra en un valle paradisiaco, en la provincia de Segovia. La ver­tiente norte de la Sierra es más fría que la vertiente madri­leña. Las plantas en la primavera, cuando retoñan, llevan un retraso de varias semanas en su desarrollo, por la diferencia térmica entre ambas laderas, debido al menor tiempo de exposi­ción al sol de las zonas umbrías segovianas respecto de las solanas madrileñas.

A dos kilómetros de iniciado el descenso se encuen­tran unos restos arquitectónicos del antiguo convento de Casa­ra, que fue de los Templarios. aquí descansaban los Reyes, antes de abrirse el Puerto de Navacerrada, cuando iban a Val­saín y La Granja por el Puerto de la Fuenfría. El toponimio "Fuente de la Reina", un kilómetromás abajo, tiene relación con estos vijes de los Reyes por el lugar. La Fuente de la Reina se llamó también de Matagallegos, en alusión al paso de los segadores de esta tierra y a lo difícil de la ascen­sión por la vertiente segoviana del Puerto de la Fuenfría.


En los prados de la zona pacen vacas y caballos. De cuando en cuando se ve algún cervatillo. Hay tan gran número de vacas sueltas que resulta dificultoso atravesar el prado a una distancia prudencial de ellas. Nos miran al pasar como a extraños que alteran su tranquila estancia en el prado. En algunas ocasiones produce un ligero miedo pasar tan cerca de estos animales, ya poco domésticos, aunque aún tranquilos, que viven sueltos y libres en las laderas de la Sierra.

La estrecha carretera baja por el valle dejando a la derecha la cumbre de Cerro Pelado, de 1605 metros de altitud, y a la izquierda las últimas estribaciones de la Sierra de la Mujer Muerta. En la zona existió, en otro tiempo, la llamada Venta de la Fuenfría, y una casa de postas, para cambiar los caballos de las diligencias. Más adelante estaba la ermita de la Virgen de los Remedios.


Por detrás del Cerro Pelado, en las laderas del Pue­rto de Navacerrada, nace el río Eresma, que después pasará por Segovia. Por el borde oriental de la Sierra de la Mujer Muerta nace el río Frío, que forma el embalse de Revenga, junto a la carretera de Madrid a Segovia, y que después pasa por las Na­vas de Riofrío, donde está el palacio de caza de Riofrío, que antaño usaban los Reyes. En sus proximidades hay gran cantidad de ciervos y de corzos. Desde un poco más abajo del Cerro Pe­lado, en un claro del bosque de pinares, abierto a las llanu­ras segovianas se divisa el embalse de Revenga.





                                                                 La mujer muerta


El terreno se hace cada vez más llano, según nos acercamos  al Cerro de Matabueyes, muy cerca de Valsaín. A la derecha del cerro se desvía la estrecha carretera hacia esta localidad. El caminante y Teresa, que cada vez va teniendo más dificultades en los pies deciden seguir las flechas amari­llas que indican el camino por la izquierda del Cerro de Mata­bue­yes. Se inicia un ligero descenso por una ladera entre fin­cas ganaderas. A lo lejos, a más de ocho kilómetros, puede verse, en los días claros del verano, las torres de la Cate­dral de Segovia.



Seguimos caminando un par de kilómetros más hasta la fuente de San Pedro. Allí encontramos a un ganadero con un au­tomovil "todo terreno". Le preguntamos por el camino que nos falta hasta Segovia y nos dice que se encuentra en buen esta­do. Debemos salir de la finca donde está el ganado por una puerta que está abierta, aunque parece cerrada, y volverla a cerrar para que no se escapen las vacas. Después atravesamos una carretera que va a La Granja de San Ildefonso y a Navas de Riofrío.





Continuamos camino de Segovia por una zona de prade­ras y pequeñas lagunas entre las carreteras de Madrid y de La Granja. De cuando en cuando vamos encontrando deportistas se­govianos que hacen "footing" en estas últimas horas de la tar­de. Nos pasan y nos vuelven a pasar en sentido contrario cuan­do dan la vuelta hacia Segovia. Según nos acercamos a la ciu­dad cada vez hay más corredores e incluso algunas personas que dan un largo paseo.


Junto a otras instalaciones ganaderas, muy cercanas a la ciudad, están domando potros unos jóvenes. Por allí pasa el arroyo Clamores, que rodea la zona del Alcazar, antes de confluir en el río Eresma. El camino entra en Segovia por un cuartel del Ejército. Están arriando la bandera y se oyen los toques de trompeta que acompañan al acto. Desde allí se ven los bloques de casas de reciente construcción del Polígono de Nueva Segovia.


Por la carretera de San Rafael, la urbanización Mi­rasierra y la colonia de San José Obrero vamos llegando a la estación del ferrocarril a Medina del Campo y a Madrid. Conti­nuamos por el paseo del Conde de Sepúlveda, el barrio de Las Lastras y el paseo de Ezequiel González, hasta la estación de autobuses. La iglesia de San Millán está todavía abierta y pasamos a sellar la credencial de peregrinos del Camino de Santiago. San Millán es uno de los templos románicos más monu­mentales de la ciudad, que no podemos ver porque lo van a ce­rrar en seguida, y porque nuestro autobús a Madrid está a pun­to de salir y es el último del día. 


5. SEGOVIA




                                                      Vista panorámica de Segovia     

Iglesias de San Millán y San Clemente. Avenida Fernández Ladreda. El Acueducto. Plaza del Azoguejo. Gastronomía se­goviana. Hacia la Plaza Mayor. La Casa de los Picos. Igle­sia de San Martín. Un café en la calle Real. La Plaza Ma­yor. Juan Bravo y los Comuneros. La Catedral. La "Casa del Secretario". Iglesia de San Esteban. El barrio de la "Clau­s­tra". Antonio Machado. Iglesia de San Andrés. El Alcázar.   Bajada al valle del Eresma. Iglesia de la Vera Cruz. Santuario de La Fuencisla.







Iglesia de San Millan

Desde la estación de autobuses el viajero vuelve a pasar por la iglesia de San Millán, que no pudo ver al entrar en Segovia. San Millán es de origen mozárabe y fue construida entre los años 1111 y 1123, por lo que es una de las más anti­guas de la ciudad. Tiene cuatro ábsides en su cabecera y dos pórticos laterales. En la torre pueden verse los arcos de he­rradura, característicos de su estilo arquitectónico. El inte­rior tiene planta de salón con bóveda de cruceria, de estilo hispano musulmán, sostenida con trompas. Anteriormente tuvo una cubierta de madera con un artesonado mudéjar. Entre su imaginería destaca un Crucifijo gótico y una Inmaculada Con­cep­ción, del siglo XVII.



La mañana se va paulatinamente calentando cuando el viajero pasa por la avenida Fernández Ladreda camino de la Plaza del Azo­guejo. A la mitad de la calle encuentra la igle­sia de San Cle­mente, de la que tantas veces ha oído hablar a su padre. No la ha visto en viajes anteriores a Segovia y va a ver­la esta vez. San Clemente se construyó extramuros de la ciudad antigua en el siglo XII. Tiene una sóla nave muy amplia en su interior y un ábside semicircular. La torre se encuentra si­tuada sobre el crucero.


Al salir de San Clemente se ve el Acueducto, símbolo de la ciudad. Es el monumento de la época romana mejor con­ser­vado. Anteriormente a la conquista de la Península Ibé­rica, Segovia fue una plaza fuerte de los arevacos, una ciu­dad para la guerra asentada en la zona alta próxima al actual Al­cazar. "Segobriga", que así se llamó, fue una ciudad administrativa en el cen­tro de la Hispania romana, con una calzada que la unía con Ti­tulcia y Simancas, la vía XXIV del Itinerario de Antonino. El Acueduc­to, para traer el agua a la ciudad, desde las cercanas fuentes del río Frío, además de algunas estelas funerarias, y otros restos arqueológicos de menor entidad, dan idea de la impor­tancia de Segovia como ciudad romana.




Acueducto

El Acueducto fue construIdo en el siglo I de nuestra era, posiblemente por el emperador Trajano, que era de origen español. También se ha considerado realizado en la épo­ca de Nerva. Está hecho con grandes bloques de granito, de la Sie­rra de Guadarrama, asentados unos sobre otros sin ningún tipo de argamasa. La parte central, en la Plaza del Azoguejo, al­canza veintiocho metros de altura, con doble arcada, una sobre otra.


La Plaza del Azoguejo es hoy una de las zonas más céntricas de la ciudad. Está situada entre la parte medieval fortificada y el comienzo de los viejos arrabales construidos extramuros del recinto amurallado, que constituyen el actual ensanche de la ciudad moderna. Por esta plaza salen las carre­teras de Arévalo, Valladolid, Soria, La Granja de San Ildefon­so y Madrid, y por ello es la que tiene la mayor aglomeración de coches de toda la ciudad. Una estampa habitual de la plaza es el gran número de turistas, en pequeños o en grandes gru­pos, que llegan a Segovia principalmente desde Madrid, por su proximidad geográfica.




En los alrededores de la Plaza del Azoguejo se en­cuentran los restaurantes más típicos, donde pueden degus­tarse los célebres platos de la gastronomía segoviana: el cor­dero asado, el cochinillo, y el postre más característico, el ponche segoviano, una especie de pastel. El "Mesón de Candi­do", "La Criolla", y varios otros restaurantes han destacado en los últimos años. El viajero recuerda su niñez y juventud, y las comidas y paseos por la ciudad de Segovia, con sus pa­dres y abuelos, naturales de la zona nordeste de la provincia.


El caminante, desde la Plaza del Azoguejo, entra en la ciudad antigua por la que fue, toda ella, la calle Real, que conduce a la Plaza Mayor y la Catedral. Hoy recibe nombres distintos en diversos tramos. Por la calle de Cervantes, junto a la Plaza del Azoguejo, se inicia una ligera subida, entre restaurantes, mercerías y tiendas de "souvenirs", hasta el principio de la calle Juan Bravo, y de la Casa de los Picos.

La Casa de los Picos tiene una curiosa leyenda de amor entre una bella doncella de la nobleza segoviana, Guio­mar, y un principe morisco de Sierra Nevada. Se cuenta que el padre de la doncella pactó con el Diablo la aparición de gar­fios sobre la fachada, que impidiera la subida a la casa del enamorado príncipe musulmán. Los garfios se transformaron en los tres­cientos sesenta y cinco picos, que dicen los comenta­rios popu­lares que tiene la fachada.



Casa de los Picos

En esta zona, además de la Casa de los Picos, estuvo la Alhóndiga medieval, para la compra y venta de trigo, y el Palacio de Enrique IV. Todavía se conservan la Torre de Lozoya y la estatua de Juan Bravo en la Plaza de las Sirenas, junto a la iglesia de San Martín.  








La iglesia de San Martín es una de las más importan­tes del románico segoviano. Tiene uno de los atrios más hermo­sos de la ciudad de Segovia, que rodea la iglesia por tres de sus fachadas laterales. La torre destaca sobre el centro del atrio con tres cuerpos de ladrillo y ventanales de medio pun­to. Es de estilo mozárabe, con influencias orientales. La igl­esia tiene un ábside lateral, además del ábside central, que ha sido reformado en el siglo XVII. En el interior de la igle­sia hay esculturas de San Francisco de Asís, Santa Ana, San Juan Bautista, la Virgen y el Niño, y una Piedad del siglo XVI.




Cerca de la iglesia de San Martín estaba la cárcel de la ciudad, ahora convertida en Archivo y Biblioteca munici­pal. En ella estuvo preso Lope de Vega, por la denuncia del padre de Elena Osorio, una de sus primeras amantes. Por la calle del Sol, que sale de la calle Real hacia la muralla, estuvo la Puerta de la Luna y la Judería. La sinagoga estaba donde ahora se levanta la iglesia del "Corpus Cristi". Esta zona de la calle Real se llamó de Cintería en otro tiempo. El viajero pasa a tomar un café a una elegante cafetería próxima a la Plaza Mayor, en la parte final de la calle Real, que aho­ra se llama Isabel la Católica.






Cuando llega a la Plaza Mayor están abriendo las tiendas de "souvenirs" más rezagadas. El sol empieza ya a ca­lentar. Recorre despacio la Plaza Mayor por la "acera del vi­no", llamada así por ser la zona de venta de bebidas del mer­cado callejero. Enfrente está el Ayuntamiento, construido en 1625, y el reloj, entre las dos torres. El reloj lleva más de cien años marcando las horas de los segovianos. La Plaza se llamó también de Franco, de San Miguel, y del Trigo, según las circunstancias históricas y políticas por las que pasó la ciu­dad. El quiosco de la música, actualmente en el centro de la Plaza, se construyó allí mismo, se quitó, y se volvió a poner posteriormente.

En la Plaza Mayor está la iglesia de San Miguel, de estilo renacentista. En ella fue coronada Isabel la Católica. el viajero recuerda que una vez hizo un dibujo de su torre desde un ángulo de la Plaza. Sobre la Plaza Mayor confluyen las calles de San Frutos, del Rehoyo, de los Escuderos, y de la Zapatería. La calle de San Frutos se llamó del Toril porque por ella entraban los toros en la Plaza Mayor cuando se cele­braban corridas en los tiempos de los reyes de la Casa de Aus­tia, muy aficionados a ellos. En la calle de la Zapatería es­tuvo la típica "Posada del Potro".










Desde la Plaza Mayor pueden verse las torres de la Catedral gótica, la última construida de este estilo en Espa­ña. Fue iniciada su construcción bajo la dirección del arqui­tecto Juan Gil de Hontañón en 1525, después de que las tropas de Carlos I destruyeran la antigua catedral románica, próxima al Alcazar, para sofocar la rebelión de los Comuneros.

Los Comuneros se levantaron en armas contra las ve­leidades absolutistas de Carlos I y de sus consejeros flamen­cos, aprovechando su estancia en Alemania para coronarse Empe­rador. Juan Bravo fue el caudillo comunero segoviano, que uni­do al toledano Padilla y al salmantino Maldonado se enfrenta­ron a las tropas imperiales en Villalar. Aunque no fue una rebelión de carácter popular si contó con el apoyo y las sim­patías del pueblo. Se plantearon reformas radicales del Esta­do, de las Cortes y de los Concejos municipales. La derrota de los Comuneros potenció el absolutismo de los reyes de la Casa de Austria y cortó el desarrollo en Castilla de una posible democracia parlamentaria.


La catedral románica se había construido entre 1114 y 1228, y anteriormente tuvo una función catedralicia la igle­sia visigoda de Santa María, situada en esta zona de la ciu­dad, próxima al primer castillo, previo al Alcázar actual. La catedral gótica se decidió construir en el lugar el antiguo convento de Santa Clara por el mismo Carlos I después de la batalla de Villalar. Las obras no concluyeron definitivamente hasta el año 1792, aunque en 1577 estaba prácticamente termi­nada la mayor parte del templo.


En el exterior de la Catedral destaca la torre y la fachada de San Frutos, patrón de la ciudad, realizada por Pe­dro de Brizuela en 1611, en uno de los laterales del crucero. el interior tiene planta de cruz latina con tres naves de al­tas techumbres con nervaduras del gótico flamígero. Entre las capillas tiene especial importancia una dedicada a Santiago, con uno de los mejores retablos de la Catedral. Otro retablo relevante es el de Juan de Juni en la capilla del Santo Entie­rro.  


Al salir de la Catedral, el viajero vuelve a reco­rrer la Plaza Mayor. Por la calle de la Trinidad pasa por la Casa de la Audiencia, la antigua "Casa del Secretario", donde vivió Gonzalo Pérez, padre de Antonio Pérez, Secretario de Felipe II. Gonzalo Pérez fue también Secretario de Carlos I, y en el final de su vida profesó en la carrera eclesiástica lle­gando a ser Arcipreste de Sepúlveda. Diversas leyendas sego­vianas hablan de lances amorosos en la "Casa del Secretario", quizá protagonizados por Antonio Pérez y la Princesa de Eboli, Ana de Mendoza.






Cerca de allí está la plazuela de San Esteban y la iglesia románica del mismo nombre. la torre de la iglesia de San Esteban es una de las más esbeltas del románico de toda Castilla y León. En el interior de la iglesia hay un Cristo gótico con una de las manos desclavada de la cruz. En los al­rededores de San Esteban está el Palacio Episcopal, la iglesia de la Trinidad y el torreón de Hércules, que debió ser parte del recinto amurallado de la ciudad.








Por las calles de Covarrubias, Daoiz y Velarde se entra en la zona más antigua de Segovia, el "Barrio de la Claustra", donde vivía inicialmente el estamento eclesiástico, desde el siglo XII. Cuadrado y Colmenares han escrito sobre este barrio, indicando que se extendía desde la antigua catedral románica hasta la Puerta de San Andrés. El recinto del barrio, con las calles paralelas de Canongía Vieja y Nue­va, estaba cerrado con puertas de molduras bizantinas, respec­to al resto de la ciudad. En estas calles habitaban los canó­nigos de la antigua catedral en casas con miradores a los va­lles del Clamores y del Eresma, con patios interiores, jardi­nes y huertos. en la zona se concedía el derecho de asilo a esclavos, prisioneros y delincuentes. Otra curiosa costumbre era la prohibición de residencia de "mujeres bellas" según las Ordenanzas de 1247 para preservar la castidad de los canónigos y de los socios de la Iglesia.



En esta zona vivió Antonio Machado durante su estan­cia en la ciudad entre 1919 y 1931. En la calle de los Desam­parados está su Casa-museo en el lugar en que había vivido. Antonio Machado recorrió Segovia en sus largos paseos por toda la ciudad alta, por el valle del Eresma, y camino del Institu­to de Segunda Enseñanza, al otro lado del Acueducto, por el barrio del Salvador, donde ejercía como Catedrático de Fran­cés. En Segovia conoció a Pilar Valderrama, la Guiomar de los últimos so­netos. En Segovia escribió algunas "Notas" de los "Com­ple­men­tarios", y poemas al río Eresma, a las torres de las iglesias segovianas, a San Millán, y a la cercana Sierra de Guadarrama.


El viajero continúa hacia el Alcázar por la iglesia de San Andrés, que está situada junto a la Plaza de la Merced. Es una iglesia pequeña con dos ábsides y una torre muy anti­gua. En el interior hay tres naves con bóvedas de de yesería barrocas y un retablo con cuadros de Alonso de Herrera. Al llegar al patio del Alcázar observa el río Eresma y los fosos del castillo. En este emplazamiento existió un primer recinto fortificado desde el siglo XI. Un siniestro fortuito lo des­truyó en 1262 y posteriormente fue ampliado en el siglo XV.










El Alcázar actual tiene una gran Torre del Homenaje, llamada de Juan II, de estructura prismática con altas alme­nas, construída durante el reinado de Juan II y de su hijo Enrique IV. La sala de la Galera, de la época de Catalina de Lancáster, de forma rectangular, es la más grande del casti­llo-palacio, además de la sala del Solio y la sala de Piñas. El Alcázar fue utilizado por los reyes de la Casa de Tratámara que residieron mucho tiempo en Segovia, especialmente Juan II y Enrique IV. La zona más moderna del Alcázar, donde está el Patio del Reloj, con sus tejados empizarrados de gran pendien­te y sus agudas torres, fue realizada en la época de Felipe II. El Alcázar segoviano es actualmente Archivo General de Guerra y Museo de Armas antiguas, entre las que hay piezas de artillería de los siglos XV a XVIII.


Desde el Alcázar el caminante baja al valle del Ere­sma por unas escalinatas  sobre la pared rocosa. Aunque la mañana está avanzada el sol no llega a estas zonas umbrías de la escarpada ladera. Paulatinamente va perdiendo altura hasta llegar al cruce del río en las proximidades de la capilla de San Blas, muy cerca de la iglesia de la Vera Cruz. Esta igle­sia fue construida en el siglo XII por la Orden del Santo Se­pulcro, unida posteriormente con la Orden de Malta. Tiene pla­nta dodecago­nal con una sóla nave en su interior, un edículo central, y algu­nas pinturas murales. Las leyendas populares que unieron su nombre a los Templarios consideraban que desde el Alcázar había pasadizos subterraneos que llegaban hasta la iglesia de la Vera Cruz.












El viajero se acerca al Santuario de La Fuencisla por la calle de San Marcos, después de pasar por el convento de los Carmelitas Descalzos, que fundó San Juan de la Cruz. El Santuario de La Fuencisla tiene una gran raigambre segoviana. Aquí hubo una pequeña ermita medieval, que se amplió inicial­mente en 1598, y después continuaron las obras durante todo el siglo XVII. En la zona del Santuario ocurrió el famoso milagro de la judía Ester, que fue arrojada desde lo alto de la peña acusada de adulterio, y que llegó al suelo indemne por inter­cesión de la Virgen. Para conmemorar el milagro se le llamó posteriormente María del Salto. El viajero recuerda otras vi­sitas al Santuario de La Fuencisla, especialmente las bodas de sus primos David y Nieves hace ya varios años.  










domingo, 4 de mayo de 2014

LUIS ROSALES EN CERCEDILLA

BIOGRAFÍA del POETA



Luis Rosales


Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir.

y las contase, y las volviese a contar, para evitar,
hasta la última,


hasta aquella que tiene la estatura de un niño 

y le besa y le cubre la frente,

así he vivido yo con una vaga prudencia de 

caballo de cartón en el baño,


sabiendo que jamás me he equivocado en nada, 

sino en las cosas que yo más quería.



Luis Rosales nació en Granada el 31 de mayo de 1910. Perteneció a la denominada Generación del 36, de la que fue una de sus cabezas más visibles.

Fue miembro de  la  Real Academia  Española  y  obtuvo  el  Premio Cervantes en 1982 por el conjunto de su obra literaria.

Desde 1961 pasaba los veranos en Cercedilla, época en la que escribía sus libros de poesía. Rosales desde entonces fue el alma de las actividades culturales del municipio serrano.

En 1986 se erigió un mirador a la memoria del poeta.














Mirador de los Poetas (Sierra de Guadarrama)


También se grabaron sobre una roca unos versos suyos. Rosales eligió personalmente el so

neto "El Pozo Ciego" que figuran en una placa de bronce. 


Falleció en Madrid el 24 de octubre de 1992.





viernes, 2 de mayo de 2014

COLMENAR A CERCEDILLA


3. DE COLMENAR VIEJO A CERCEDILLA

Salida de Colmenar. Carretera de Cerceda. El río Manzanares. Hacia Manzanares el Real. Historia de Manzanares. El Cas­tillo. Manzanares hoy. La Pedriza. Cerce­da. Matalpino y la Maliciosa. Camino de Navacerrada. Navacerrada. Hacia el Puerto de Navacerrada. Desvío a Guadarrama. Hacia Cercedilla. Por las calles de Cercedilla.


El viajero sale de Colmenar Viejo por los barrios del norte de la villa. Pasa por delante de la Plaza de Toros, en la parte más alta de la población, y continúa dejando a la izquierda una zona de nuevas urbanizaciones de chalets adosa­dos, y a la derecha bloques de edificios. Toma un café en un bar llamado "Los Arcos" y se dirige hacia las instalaciones militares de la Brigada San Pedro. Algunos soldados hacen gua­rdia a estas horas de la mañana, y otros van de un lado para otro por el patio de entrada al cuartel.


Brigada San Pedro(Colmenar)

Al final del conjunto urbano una carretera se desvía hacia Cerceda y otra pasa por encima del final de la autovía y lleva a Soto del Real y Manzanares. El caminante sigue hacia el norte, frente a las cumbres de la Sierra de Guadarrama, que se recortan en este día luminoso sobre el azul del cielo. Hay una explotación ganadera cercana, en la que se ven numerosas vacas pastando. El camino en el que se van siguiendo las indi­caciones amarillas llega a la vía del ferrocarril, que se cru­za por un paso inferior. 


Un poco más adelante se encuentra el río Manzanares, que cruza por el puente de de la carretera de Colmenar a Cer­ceda. Cerca de la carretera está el puente del Batán, con un sólo arco sobre la roca, que es de origen romano. Más allá hay unas instalaciones del Canal de Isabel II y nue­vas ganade­rías. Se continúa por una vía pecuaria, que permite el tránsi­to del ganado. Un kilómetro más adelante se divisa el embalse de San­tillana y el pueblo de Manzanares el Real.


El río Manzanares nace en el Ventisquero de la Con­desa, junto a la Bola del Mundo, en la ladera sur de la Cuerda Larga. Atraviesa el Parque Regional de la Pedriza, y junto a Manzanares el Real forma el embalse de Santillana. En la cuen­ca alta del río Manzanares se han instalado desde hace mucho tiempo molinos y batanes, que han utilizado la fuerza motriz del agua para moler el grano o para ayudar en los procesos mecánicos del cardado de la lana o del enfurtido de los paños. Molinos y batanes han tenido una enorme importancia en la eco­nomía de la región colmenareña.


La ruta continúa hasta Manzanares el Real a través de un puente sobre el embalse de Santillana. Se cruza la ca­rretera de Soto del Real a Cerceda y se encuentran las ruinas del antiguo Castillo de Doña Leonor de Guzmán. Desde aquí co­mienzan a aparecer las señales blancas y rojas del célebre GR-10, indicaciones del sendero que atraviesa la Sierra de Guada­rrama, y que puede seguirse hasta Cercedilla.


En Manzanares el Real se han encontrado restos ar­queológicos de un poblado visigodo. Se supone que durante la conquista de la Península por los árabes se construyeron cas­tillos y fortalezas de las que no ha quedado nada manifiesto hasta el momento actual. La zona fue repoblada por los sego­vianos en el siglo XIII, durante el reinado de Fernando III el Santo. La región se llamó el Real de Manzanares porque Alfonso X el Sabio hizo el territorio de "realengo", o de dependencia directa del monarca, para evitar los conflictos territoriales entre segovianos y madrileños por su control.
        

Durante el reinado de Alfonso XI el lugar perteneció a Leonor de Guzmán, amante del rey. Juan I y Juan II lo cedie­ron a la familia de los Mendoza, mayordomos reales. En 1435 Iñigo de Mendoza, marqués de Santillana, inició las obras del actual Castillo de Manzanares, uno de los mejor conservados de la Comunidad de Madrid.

Castillo de Manzanares el Real

El Castillo de Manzanares el Real mezcla las carac­terísticas de fortaleza medieval con las de palacio renacen­tista. Tiene planta cuadrada con adarves almenados, que se curvan en dos de los ángulos. En el lado sur destaca la torre del homenaje, de estructura hexagonal. Los torreones del lado oeste están coronados por barbacanas circulares y almenas, que permiten dominar el acceso al Castillo. El hijo del Marqués de Santillana, Don Diego, en la época de los Reyes Católicos con­struyó los amplios salones de su interior que le han dado en sucesivas restauraciones el aspecto palaciego actual. 
  
       
Manzanares el Real es actualmente un pueblo con nue­vas urbanizaciones, como "Los Palacios", "Cuatro Peñas" o "Co­rnocal", en contraste con sus casas más antiguas del centro de la localidad. El viajero da una vuelta por la Plaza Mayor, la calle Real, la calle de los Panaderos,... y entra en la igle­sia dedicada a Nuestra Señora de las Nieves. En una de las nue­vas cafeterías cercanas a la Plaza Mayor toma su habi­tual café y piensa en la adaptación paulatina entre la so­cie­dad rural tradicional y la incipiente dedica­ción al tu­rismo y a los servicios de este pueblo. En algunos casos la con­strucción de chalets adosa­dos y de bloques de pisos está rom­piendo el en­torno natu­ral.


Al salir de Manzanares hacia Cerceda, el caminante divisa los macizos rocosos de la Pedriza, dos kiló­metros al norte del pueblo y a unos cuarenta kilómetros de Madrid. La Pedriza es la primera estribación de la Sierra de Guadarrama y forma un hemiciclo de granito y gneis apoyado contra la cara sur de la Cuerda Larga. Un primer macizo llama­do "el Alcorno­cal", de 1110 metros de altura y un segundo con­junto rocoso conocido como "Conchas del Manzanares" forman la Pedriza ante­rior. En esta parte están "el Yelmo", "el Rompeo­las" o "el Risco del Pájaro", curiosos nombres de agrupaciones rocosas con caprichosas formas. En el centro de la Pedriza está el refugio Giner, en honor a Francisco Giner de los Ríos, que tantas excursiones a este lugar realizó con sus alumnos de la Institución Libre de Enseñanza.

La Pedriza

El viajero llega a Cerceda y pasa a visitar el pue­blo. Hace calor en las primeras horas de la tarde. Tiene que acondicionarse los pies que empiezan a recalentarse por los últimos kilómetros recorridos sobre el asfalto de la carrete­ra. Entra en un bar para tomar alguna bebida fresca y llama a un amigo que está en Los Molinos para ver si le puede ver cu­ando llegue a Navacerrada, pero está muy ocupado y no es posi­ble. Al sa­lir del bar si­gue con la vista la torre de la igle­sia entre las casas y se dirige hacia ella. Fue construida a ins­tancias del poderoso arzobispo Pedro de Mendoza, en la épo­ca de los Reyes Católi­cos. 


En el cruce de la carretera de Moralzarzal y Matal­pino recuerda las veces que siendo adolescen­te ha veni­do a este último pueblo serrano, a los campamen­tos de verano que organi­zaba el co­legio de curas donde estu­diaba. Como ahora, con una mo­chila a la espalda, hacían excursiones por la ladera de la Mali­ciosa. Le sigue impresionando esta mole mon­tañosa de aspecto alpino. Cerca de la Maliciosa pueden obser­varse otras cumbres de la Sierra de Guadarrama: La Peño­ta, Siete Picos o la Bola del Mundo.          
                               



Embalse de Navacerrada


Continúa camino de Navacerrada en una ascensión sua­ve pero constante. Pasa un desvío a la izquierda, hacia Colla­do Mediano y más adelante otro cruce hacia Becerril de la Sie­rra. El sol está cada vez más bajo y algunas nubes le ocultan par­cialmente. Desde la carretera se ve el embalse de Navace­rrada, formado por el río Guadarrama, ligeramente al sur del pueblo. El viajero entra en Navacerrada por las urbanizaciones de cha­lets del norte de la localidad, y se dirige hacia la zona an­tigua del pueblo, a la Plaza de los Angeles, donde está el Ayuntamiento. El rey Felipe IV dió a la localidad el título de villa en el siglo XVII. La iglesia parroquial está dedicada a Nue­stra Seño­ra de la Natividad, y fue construida en el siglo XVI. Navacerrada tiene un gran ambiente, muy populo­so, en es­tos días de verano.


El caminante sale de Navacerrada por un largo paseo en dirección a Madrid, desde el que se ve, de nuevo, el embal­se sobre el río Guadarrama. Al llegar a la carretera de Ma­drid, frente a un hotel cuya terraza está muy concurrida de gente, gira hacia la derecha y encara las primeras rampas de la subida al Puerto de Navacerrada, célebre estación de esquí, muy frecuentada en invierno por los madrileños. El sol está ocultandose detrás de las cumbres situadas al oeste de la Sie­rra de Guadarrama. El desvío hacia el pueblo del mismo nombre y hacia Cercedilla está un poco más arriba, en las inmediacio­nes de "La Fonda Real". La carretera del­  Puerto está muy fre­cuentada de automó­viles a esta hora. Resul­ta un alivio cuando al entrar en la carretera de Guadarrama el número de coches disminuye a dos o tres cada cinco minutos. 
                                      

La carretera de Guadarrama inicia un suave descenso. Un kilómetro más adelante el viajero se desvía hacia Cercedi­lla. La carretera continúa perdiendo altura por la ladera de la montaña, formando un amplio arco. De cuando en cuando se cruza con algún coche que sale de Cercedilla. Al llegar a las primeras casas recibe una llamada telefónica de un amigo de Madrid, que no sabe de sus andanzas por la Sierra, ni de sus pretensiones de continuar hasta Santiago de Composte­la.
    

Cercedilla es el municipio de mayor altitud de la zona. Esta situado a los pies de Siete Picos. Tiene un clima extremado, con grandes nevadas en invierno y muchos días gri­ses en verano. Ello no impidió que fuera una de las primeras zonas  de vacaciones estivales de la burguesía madrileña du­ran­te los primeros años del siglo XX. Su magnífico entorno natural fue la causa de este hecho. Todavía quedan muchas ca­sas en el núcleo urbano con las características de las cons­trucciones de principios de siglo, con varios pisos y un ex­tenso jardín, algo destartaladas para los gustos actuales. El viajero recuerda unas vacaciones en Cercedilla, cuando una de sus hijas era muy pequeña, y los pocos días que pudo bañarse por la frialdad de las aguas de la Sierra.

Ayuntamiento de Cercedilla

Cercedilla era el paso obligado a Segovia por el Puerto de la Fuenfría. Todavía quedan restos de la calzada romana, que unía Titulcia con Segovia dentro de su término municipal. El viajero recorre las calles principales de la localidad, y se decide a pedir que le sellen la credencial de peregrino a Compostela en el Ayuntamiento, porque la iglesia parroquial de San Sebastián está cerrada a estas horas. En una terraza en la calle principal oye comentar que está próxima la semana cultural, que se celebra todos los veranos desde hace más de veinticinco años. El alma de la semana cultural, cele­bre entre los pueblos de la Sierra, fue el poeta Luis Rosales, que vivió desde el principio de estas actividades cultura­les en Cercedilla.


El viajero con las primeras horas de la noche decide volver a dormir a Madrid en el último autobús y continuar al día siguiente el camino hasta Segovia. Las terrazas de los bares están llenas de gentes, que como él, son naturales o vecinos de la gran urbe madrileña. El autobús recorre las es­trechas calles de Cercedilla y por las urbanizaciones de cha­lets de Los Molinos se dirige a Guadarrama y después a Madrid.